Manuel Talens está de actualidad, bien por la publicación de su última novela La cinta de Moebius (2007), bien por los ácidos comentarios que pueden leerse en su sitio web. Pero si lo traemos a colación a nuestro blog es porque queremos proponer la lectura de su primera novela La parábola de Carmen la Reina, Madrid, Versal, 1992 (edición agotada, pero puede encontrarse actualmente en Tusquets Editores). Aunque sólo sea para contrarrestar la tristeza que atenaza el alma tras la lectura de nuestro último libro recomendado: El niño con el pijama de rayas, en esta entrega nos las vemos con una novela divertida que defiende la función, del contar por contar, del entretenimiento que proporciona husmear en las vidas de decenas de personajes que pululan por las Alpujarras granadinas en un período que abarca más de un siglo. Y lo que es más importante, al servicio de este objetivo, pone Manuel Talens una prosa cuidada, llena de recursos y con mayor calidad de lo esperable en una primera novela.
Se cuenta la vida de distintas generaciones de artefeños (naturales de Artefa o llegados a este pueblecito granadino por distintos avatuares), haciendo hincapié en sus relaciones sociales: bodas, nacimientos, amistades, amoríos,oficios, anécdotas están entre los momentos recogidos por la pluma de Talens, con el telón de fondo del XIX español, comenzando por la guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz y llegando hasta el nacimiento del Socialismo en España. Al gusto por la Historia de nuestro narrador se añade el interés por la intrahistoria de los personajes, lo que le lleva a detenerse en los chismes de alcoba, en los desahogos sexuales de los personajes (miembros del clero incluidos), cuentos escatológicos, y demás, para solaz del lector, que disfruta con la tela de araña tejida meticulosamente con este puñado de personajes que recuerdan, salvando las distancias, Cien años de soledad: un Macondo a la andaluza más cercano para el lector español que el de García Márquez; se trata de una novela para recuperar el placer de la lectura sin prisas, conscientes de que no se tratan temas trascendentales, sin que por ello renunciemos a esta lectura fundamentalmente lúdica.

Los comendadores de Córdoba


Coincidí con César Barló, el director de este montaje el pasado verano en los cursos de verano de El Escorial, en concreto, en uno que llevaba por título La puesta en escena de los clásicos, organizado por la RESAD. Tras la comida, César Barló nos hablaba de un proyecto que tenía en mente, en el que había estado trabajando y que, según sus propias palabras, "ahora había que mover" para conseguir representar. Unos meses después me he encontrado con un espectáculo redondo, maduro, que no desmerece las producciones de compañías que montan clásicos con más medios. César Barló y sus actores, todos procedentes de la RESAD, atesoran tanta juventud como talento y se acercan a Lope de Vega con descaro, con energía, pero también con sensibilidad y con respeto al verso, bien tratado en la adaptación y muy bien dicho por los actores.
La estética elegida es la de sala de teatro alternativo, de pequeño tamaño y para poco público, distribuido en cinco filas en grada. Los actores se mueven por el escenario con desparpajo y ayudan a construir la escenografía ora sujetando unas redes que simulan las rejas que marca la separación entre la ventana de una estancia y la calle, espacio desde donde hablan galanes y damas, ora arrastrando unas escaleras de madera polivalentes. Las numerosas salidas y entradas de personajes de escena se resuelven con maestría por medio de diversos artificios. Digno es de mención la combinación de utilería (de nuevo una gruesa red que envuelve a los protagonistas) e iluminación para ambientar el baño de sangre en que se convierte la última escena, donde se lleva a cabo la venganza del marido ultrajado.
Porque, tengámoslo presente, es de honor, una vez más, de lo que se habla en este drama áureo de Lope de Vega tan poco transitado. En concreto, del honor de un noble, casado con mujer joven y bella que, harta de las ausencias de su marido, encuentra consuelo en la donosura del comendador don Jorge, de quien se enamora. El regalo del Rey a don Fernando, el veinticuatro de Córdoba, de un anillo por su heroico comportamiento en batalla, desencadena el drama, al pasar de manos del Rey a las de don Jorge y de éstas a las de su esposa y de ésta a las del amante, don Jorge, en cuyas manos lo reconoce el Rey e, indignado, pide explicaciones a don Fernando y sugiere que lave su honor al precio que sea. Hemos disfrutado con la energía y la determinación de Alberto Gómez encarnando a don Fernando, con los juegos de seducción entre Antonio Sansano(don Jorge) y Rakel Camacho (doña Beatriz), así como los disparates de los criados, ni siquiera ellos escapan al sangriento final, en el que Lope, una vez más, restaura el honor a golpe de espada. La acción se trae a la actualidad enmarcando lo sucedido en los casos de violencia de género que ocupan los informativos prácticamente a diario. Magnífica obra que pide a gritos un teatro donde representarse con mayor continuidad que los tres días de noviembre que ha estado sobre las tablas de la sala de la RESAD.

Del rey abajo, ninguno


Desde el 5 de octubre hasta el 9 de diciembre se puede disfrutar de la obra de ¿Rojas Zorrilla? (su paternidad ha sido puesta en duda en uno más de tantos interrogantes áureos sin resolver), en el año en que se celebra el cuarto centenario del nacimiento de este autor, de quien se puede ver en la RESAD Morir pensando matar, a cargo de la Compañía Siglo de Oro dirigida por Ernesto Caballero.
Desde luego, Eduardo Vasco en su etapa al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha creado ya una impronta, a modo de marca de la casa, que le proporciona un sello de calidad a las producciones de la Compañía y una estabilidad nada desdeñables para el espectador aficionado al clásico. En esta ocasión se ha encargado la dirección del montaje a Laila Ripoll (cuya solvencia está fuera de toda duda, como lo estaba en sus antecesores en el Pavón: Ernesto Caballero, Yolanda Pallín y Natalia Menéndez, entre otros). Se mantiene el acompañamiento musical (violín, teorba, guitarra y vihuela) después del éxito cosechado en representaciones como Sainetes y El curioso impertinente.
En cuanto a la escenografía, se propone la estructura de un corral de comedias, utilizando el primer piso para representar las escenas del interior de la casa del labrador y, en concreto, el monólogo de García de Castañar sobre cómo proceder al descubrir su deshonra (monólogo donde el actor se sitúa demasiado lejos del público).
Por lo demás, el buen hacer de la directora y los actores de la Compañía Nacional del Teatro Clásico salvan un texto que no se halla entre los más brillantes del teatro áureo y cuya presencia en las tablas se entiende en el marco del homenaje centenario a Rojas.

El niño con el pijama de rayas


El niño con el pijama de rayas, de John Boyne (Barcelona, Salamandra, 2007), atrae por igual a lectores adolescentes como adultos presentando una historia sencilla, contada de forma sencilla con un final que sorprende a la vez que sobrecoge. La trama se articula en torno al niño Bruno, quien debe mudarse a una nueva casa porque a su padre, comandante alemán, le han destinado allí. Acostumbrado al bullicio de Berlín, Bruno se siente aburrido en mitad del campo, aislado en una casa, separada por una alambrada de otras casas donde viven cientos, miles de personas, todas vestidas con el mismo pijama de rayas, que no parecen muy felices. "Auchviz" es el nombre del nuevo lugar donde viven, en palabras del propio Bruno.
John Boyne sigue la senda de afrontar un mundo de adultos desde la mirada de un niño y seducir al lector con la utilización del maravilloso ingenio infantil para hacer engranar dos mundos que no encajan. Muchos son los que han transitado la mencionada senda, en los últimos años uno de los que lo ha hecho con mejor fortuna es Mark Haddon en El curioso incidente del perro a medianoche, cuya lectura recomendamos encarecidamente. Si Mark Haddon recurría a un hecho trivial que terminará poniendo patas arriba la vida de su pequeño protagonista, Boyne novela desde un nuevo enfoque una de las ignominias más grandes del siglo XX con que la raza humana debe cargar en su conciencia: el holocausto judío en la Alemania nazi.

ERNESTO CHE GUEVARA, PRESENTE

El editorial publicado en el periódico EL PAÍS el día 10 de octubre de 2007 bajo el título de Caudillo Guevara, con motivo del cuadragésimo aniversario de la muerte del Che, intenta despreciar los valores y la revolución que llevaron a cabo un grupo de personas con comunes ideas basadas en el marxismo y en las teorías de liberación latinoamericana de Simón Bolivar y José de San Martín. Entre ello hace mayor hincapié en la figura de Ernesto Guevara y compara sus ideas con las ideas de grupos terroristas como la Yihad islámica, que se basan como principio en teorías religiosas islámicas, y por lo tanto infundamentadas.
La idea de hacer una revolución violenta el propio Guevara la argumenta así: “El inicio de una revolución violenta no parte de los revolucionarios sino de las resistencias que opongan las fuerzas reaccionarias”. Así mismo explica como la propuesta es forzada por las fuerzas de opresión. El claro ejemplo de triunfo de esta revolución utópica es la que se llevó a cabo en Cuba, ya que en la Cuba del gobierno de Batista había hambre y analfabetismo en el pueblo cubano, siendo Cuba para los Estados Unidos un gran burdel y un casino donde poder apostar.
La triunfante y necesaria revolución fue como un “hechizo mágico” para la Cuba que tendría que renacer. Claro está que todo sistema después de mucho tiempo con pocas innovaciones en su esqueleto interno y de una concentración de poder demagógico se termina corrompiendo; este fracaso es atribuible al autoritarismo de Castro y mayoritariamente al bloqueo internacional que sufre Cuba hoy en día.
El Che y su revolución despertaron inquietudes de lucha y de esperanza de conseguir “un mundo mejor e igualitario” en todo el mundo. Toda lucha lleva consigo mucho sacrificio y pérdidas en el camino de vidas no anónimas que con su existencia ayudaron a cambiar la sociedad.
En el sistema que nos somete hoy en día, el capitalista, toda excusa es buena para hacer negocio. Así, la figura del Che se ha convertido de un icono intelectual y libertario en un icono comercial más; podemos encontrar numerosos artículos con su imagen vendidos en tiendas que mayoritariamente no buscan la conciencia social de la población sino una forma más de conseguir dinero.
Victoria Serrano Palero

Del 2 al 8 de octubre en el Círculo de Bellas Artes, la compañía
Teatro del Común ha representado Las galas del difunto, el primer esperpento de los que componen la trilogía Martes de Carnaval de Valle-Inclán en una estupenda revisión que aporta, como novedad significativa, la corporeización en escena de las acotaciones que toman forma en tres personajes: un gato, una mujer soldado y un oficial. La directora Celia León ralentiza la acción (a veces incluso la detiene, literalmente, al quedarse los personajes inmóviles mientras declama la acotación) con este recurso, pero, por otro lado, la prosa exquisita de Valle-Inclán cobra vida con ello y la representación gana en su dimensión plástica y estética. Cabe destacar la interpretación de un Juanito Ventolera (Francis Sánchez), físicamente exultante, que llena el escenario con su presencia, además de doña Terita (Ana V. Souto), la boticaria, excesiva como requiere su personaje y al borde del colapso. Por otra parte, merece la pena resaltar el trabajo de iluminación de Marino Zabaleta, que sabe sacarle partido a una escenografía que, sin ser minimalista, acaba resultando, por momentos, pobre.
Como es sabido, Las galas del difunto, parodia del Don Juan Tenorio de Zorrilla, presenta a Juanito Ventolera como un soldado recién llegado de Cuba que se aloja en casa del boticario y requiere los servicios de una prostituta (trasunto de doña Inés), quien tiempo atrás había sido repudiada por su padre, casualmente el boticario, tras haberse quedado embarazada y haber manchado de este modo el buen nombre de la familia. Muere el boticario y Juanito trama el macabro plan de internarse en el cementerio, profanar la tumba de su patrón e intercambiar su uniforme andrajoso con el traje impecable del muerto, todo para acudir a la cita que ha concertado con la prostituta e impresionarla. En el burdel, la coima o la daifa como se la llama, tiene noticia de la muerte de su progenitor y cae, desmayada, en los brazos del cínico Ventolera-Tenorio. Cae el telón. No hay redención posible para los personajes, como en la obra de Zorrilla; en este caso, todos están condenados a una existencia miserable, arrastrada y vil.
El teatro de Valle-Inclán, combativo e inconformista, no fue comprendido ni premiado con el favor del público en su tiempo. Sin embargo, ha sido probablemente el dramaturgo español del siglo XX más representado, junto con García Lorca. El mensaje pacifista (contra los ejércitos y las guerras inútiles, como la de Cuba en el 98) y antisistema continúa vigente en nuestra sociedad: a saber, la idea de que los poderosos manejan a los hombres y mujeres de pie buscando su beneficio y no el bien común, así como que la guerra y los ejércitos generan marginalidad: pobreza, prostitución, maldad en una palabra. ¿Alguien duda de la actualidad de Valle-Inclán y de la calidad del montaje que ofrecen Teatro del común? El día que asistimos a la representación el teatro estaba repleto de estudiantes de bachillerato que mantuvieron un silencio más que respetuoso, casi reverencial, que se transformó en ovación cerrada al finalizar el esperpento. Los actores hubieron de salir a saludar hasta en siete ocasiones, más de cinco minutos de aplauso.

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