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sábado, 24 de abril de 2021

Madrid, 2 de mayo de 1808; según los Episodios Nacionales de Galdós

      Próxima la conmemoración de las fiestas del 2 de mayo de la Comunidad de Madrid, este año con un sabor local tan acusado (ante la situación de cierre perimetral que vive la Comunidad donde vivimos y la imposibilidad de hacer turismo fuera de la Comunidad), vamos a proponer un viaje al pasado para retrotraernos al hecho histórico que dio lugar a la efeméride. En la foto, tomada de eldiario.es aparecen los rostros de los héroes del 2 de mayo, Daoíz y Velarde, convenientemente cubiertos por mascarilla.

Somos Malasaña (eldiario.es)


     No somos los primeros a los que se nos ocurre la idea. El blog Miradas de Madrid aporta un relato pormenorizado sobre lo ocurrido ese día. Además, distritocastellananorte.com muestra el "post" titulado Tras las huellas de Napoleón en MadridEn concreto, sobre Manuela Malasaña, ofrecemos el enlace del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. Sobre la heroína Clara del Rey proponemos  consultar el post pertinente del citado blog.

     Por otro lado, como relato de los hechos más ilustración pictórica inmejorable (con cuadros de Goya, Sorolla, Dumont) de lo que fue ese día recomendamos la web del Museo del Prado, en su sección Educación/Aprende:

Itinerario: 2 y 3 de mayo de 1808

     Como se deduce de la consulta de todo lo anterior, la acción comenzó en la mañana del 2 de mayo en la plaza de Oriente. El traslado de los últimos miembros de la familia real a Bayona por orden de Napoleón solivianta a los madrileños que se enzarzan con los soldados franceses apostados junto al Palacio Real. Se producen las primeras muertes.      

     A partir de este momento, nuestro guía será el escritor Benito Pérez Galdós (1843-1920), canario de nacimiento, madrileño de adopción, quien cuenta en la novela El 19 de marzo y el 2 de mayo, perteneciente a la primera serie de Los episodios nacionales el inicio de la revuelta con estas palabras:

     "La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron que entre 9 y 11 todas las calles de Madrid presentaban el mismo aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en el bosque seco azotado por impetuosos vientos. 

     En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos fue por la plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos, fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres ayudadas por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse súbitamente envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en la fuerza del contrario [...].

     Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar el ataque, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos. La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la guardia polaca llamada noble, y los famosos mamelucos cayeron a sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban los feroces jinetes."

     El mejor complemento visual al relato de Galdós lo ofrecen los cuadros de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) a los días 2 y 3 de mayo de 1808 en Madrid.

Imagen tomada del Museo del Prado
https://www.museodelprado.es/recurso/2-y-3-de-mayo-de-1808/37deee43-09d5-4570-9769-b2148f0549aa

     Desde la plaza Mayor la acción se traslada al Parque de Artillería, actual Plaza del 2 de Mayo, en el antiguo barrio de Maravillas. Confluyen los héroes históricos, los oficiales Luis Daoíz y Pedro Velarde y los inventados por Galdós: el propio Gabriel de Araceli, el malogrado Chinitas, la Primorosa y otros. De la descripción de espacios se pasa a la exaltación del sentimiento del pueblo madrileño, que se mueve como un único hombre, y suena así en boca del padre Celestino:

"¿No veis que va escaseando la gente?¿No veis cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una mano increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas[...].

     Vamos todos a la calle, a la calle. ¿Oís? Aquí llegan las vociferaciones de los franceses. Su artillería avanza. ¡Ah!, perros: todavía somos suficientes, aunque pocos. ¿Queréis a España, queréis este suelo? ¿Queréis nuestras casas, nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros santos? Pues ahí está, ahí está dentro de esos cañones lo que queréis. Acercaos... ¡Ah! Aquellos hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa. Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de mano, porque antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan, otros lo agarran...

     Mirad: el oficial que los manda parece contrariado, mira hacia el interior del parque y se lleva la mano a la cabeza con ademán de desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla. Pero ahora sale el otro con una cesta de piedras... sí... son piedras de chispa. Cargan con ellas, hacen fuego... ¡Oh!, que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros... Pero ¡ay!, los franceses parece que están cerca. Mueren muchos de los nuestros." 

     En la foto que aparece a continuación, tomada de Wikipedia, se ve el aspecto actual del lugar donde franceses y madrileños libraron la sangrienta batalla del 2 de mayo en el Parque de Artillería de Monteleón. Se puede ver el monumento a los héroes Daoíz y Velarde, de los que se subraya la amistad y el compromiso hasta la muerte por la ciudad de Madrid, ambos bajo el Arco de Monteleón, que es el único resto conservado del Parque de Artillería que ocupaba la plaza el 2 de mayo de 1808.

Imagen tomada de Wikipedia
https://es.wikipedia.org/wiki/Plaza_del_Dos_de_Mayo

     Tras la derrota de la jornada, Gabriel se escurre de los franceses a duras penas para reencontrarse con Inés y se halla ante la desgracia de que su amada ha sido capturada, junto con el buen padre Celestino. Gabriel los busca con desesperación, primero en el Retiro, pasaje de la novela donde Galdós pinta imágenes escalofriantes, en la misma línea del cuadro de Goya de Los fusilamientos del 2 de mayo, que puede verse más abajo. 

     “En aquel [patio] yacían por el suelo las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más extendían los brazos agitándolos al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que rompiendo con fuertes sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.

     Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes de expirar, y hubo muchos que heridos por las balas en las extremidades y desangrados, sobrevivieron después de pasar por muertos hasta la mañana del día 3, en que los mismos franceses, reconociendo su mala puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros, y yo sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar por los horrores de una ejecución sangrienta.”

https://www.museodelprado.es/recurso/2-y-3-de-mayo-de-1808/37deee43-09d5-4570-9769-b2148f0549aa

     
Finalmente, Gabriel da con Inés, presa en la huerta de Príncipe Pío. La ejecución de Inés y Celestino parece inminente y Gabriel decide sacrificar su vida para unirse a ellos y se hace detener. En el último momento Inés es liberada de una muerte cierta y Gabriel queda pendiente de ejecución. Aquí acaba la tercera novela de la primera serie de los Episodios Nacionales, la titulada El 19 de marzo y el dos de mayo, continuadora de Trafalgar, y de La Corte de Carlos IV.

     Desde este momento, reconstruimos los pasos de nuestro héroe, Gabriel de Araceli, a través del libro de Francisco Rodríguez Batllori, Historia y novela en los Episodios Nacionales, publicado en 1983. Por él, sabemos que, tras ser fusilado, unas mujeres lo recogen, moribundo, de entre los cadáveres y lo llevan hasta su casa donde le curan las heridas. Restablecido, conoce que Inés se encuentra a salvo, con la condesa Amaranta, quien la ha recibido como hija. En el viaje de Gabriel a Cádiz se cuenta el avance de las tropas francesas desde el centro a Andalucía y su derrota en Bailén.

     Más adelante, la Batalla de Arapiles supone la derrota final de los franceses y los méritos que ha contraído Gabriel en el campo de batalla le suponen el nombramiento de general. La condesa de Amaranta acepta finalmente las pretensiones de Gabriel sobre Inés y pueden cumplir los amantes sus expectativas de vivir su historia de amor.  




domingo, 10 de mayo de 2020

Libros para la cuarentena III: La montaña mágica, de Thomas Mann

http://www.edhasa.com.ar/libro.php?ean=9788435008914&t=La+monta%C3%B1a+m%C3%A1gica


     (Atención, puede contener espóiler) Al leer varios artículos, como ya hemos comentado en el blog, relativos a lecturas aconsejadas para la cuarentena, aparecía este libro en el suplemento literario Babelia, de El País,apadrinado, nada menos que por Mario Vargas Llosa, y las opiniones del escritor peruano sobre literatura hay que tenerlas muy en cuenta (mucho más que aquellas que vierte como comentarista político, pero en fin, ese ya es otro tema) ¡Qué acierto tan fantástico y vaya sorpresa favorable la de esta lectura! Mirando por el retrovisor, la primera vez que escuché este título fue en el programa apresurado de la Literatura del siglo XX, en el antiguo Curso de Orientación Universitaria (el afamado C.O.U.), junto a decenas de lecturas más a las que prometí atender algún día. Después, no encuentra uno el momento pero, desde la declaración del Estado de Alarma el pasado 14 de marzo, sentí que el universo me mandaba señales inequívocas de que tenía que leer este libro. No solo por encabezar las recomendaciones de los suplementos culturales, sino, sobre todo, por ser el libro preferido de la protagonista de mi anterior lectura, la Dita Adlerova de La bibliotecaria deAuschwitz, que ha sido objeto de un post reciente. Argumentaba Dita que el encierro en el sanatorio de Berghof en el que ingresa el protagonista de La montaña mágica, el joven alemán Hans Castorp, tenía, salvando las distancias, similitudes con el de la propia Dita. Ambos son lugares a los que se llega con la idea de que será un destino temporal, y con desesperación, con el lento discurrir de los días, uno toma conciencia de que la estancia allí llevará más tiempo de lo previsto. A la vez, se trata en ambos sitios de que la vida y la muerte bailan de continuo una macabra danza y los personajes cercanos a los protagonistas de ambas novelas están vivos un día y, al otro, ya no lo están. Es, sin duda, una novela de las que podemos calificar “de confinamiento”, idónea para una situación como la actual, que hace apenas unos meses no es que no pudiéramos ni siquiera imaginar, sino que habríamos rechazado por inverosímil si nos la hubiera planteado una novela de ficción de serie B que leyéramos en ese momento. La  habríamos considerado un exceso de la mente calenturienta de un escritor fascinado por las epidemias víricas.
     Según palabras del propio Thomas Mann en el prólogo, la novela está ambientada en los años previos a la I Guerra Mundial (o la Grand Guèrre, según la denominación que hizo fortuna en la mayoría de los países europeos). Pues bien, entrando en materia, Hans Castorp, el protagonista, es un joven prometedor de la burguesía de Hamburgo. Se quedó huérfano de madre y padre siendo un niño y, tiempo después, fallece también su abuelo, el patriarca Hans Lorenz, que había llevado el apellido Castorp a las altas cimas de la política local en su calidad de senador. Con la muerte de su querido abuelo, queda privado de lazos familiares y crecerá bajo la tutela legal de la familia Tiennapel, cuyo representante designado, el tío James, se encargará de hacer llegar al joven Hans las rentas mensuales que les corresponden dada la desahogada posición económica de su familia de origen.
     Así, Hans Castorp se ha convertido en el prototipo perfecto de pequeño burgués germano, un ingeniero naval de 22 años, recién licenciado, que se dispone a incorporarse laboralmente a la marina civil de su ciudad local y que, antes de ello, planea unas vacaciones en el sanatorio Berghof, en la localidad suiza de Davos. Después de atravesar Alemania en tren y parte de Suiza, llega por fin a la estación de Davos donde le espera su primo Joachim Ziemssen, joven de su misma edad, de aires y gestos marciales que espera hacer carrera militar una vez supere las dificultades de salud que le mantienen confinado en el sanatorio. Uno de los logros de Thomas Mann es aclimatarnos al ritmo de la novela con un primer cuarto de libro (unas 250 páginas) que narra las tres primeras semanas de Hans Castorp, como invitado entre los pacientes. Esta distinción no es baladí, ya que el ser paciente da un caché, un estatus, del que carece cualquier invitado, por muy interesante que este sea. Por otro lado el orden social allí está acrisolado a más no poder y Hans Castorp dedica todas sus energías a entender el funcionamiento de esa microsociedad, los resortes que hacen funcionar los grupos y que adjudican a cada persona recién llegada a uno u otro en función de su origen, la lengua en que se comunica, el estrato social del que procede, sus aficiones o inclinaciones, etc. En la sociedad aparte que constituyen "los de arriba" la actividad es mínima y se reduce a varias comidas al día como acto social protagonista, paseos, tertulias y, sobre todo, la inactividad más absoluta en forma de curas de reposo que se repiten varias veces al día. Allá, arriba el joven ingeniero Hans Castorp, enfermará, perderá a seres queridos, experimentará el amor más atormentado, sufrirá, cual poeta renacentista, el desdén de la amada, el mal de ausencia, la punzada de los celos, se iniciará en el deporte del esquí, se perderá en una tormenta de nieve tras ignorar las advertencias de la Naturaleza, todo ello con un concepto elástico del tiempo con el que Thomas Mann juega a su antojo, nos lo presenta de forma engañosa, nos lo escamotea, cual se de un trilero se tratara, parece que habla de meses y hete aquí que han pasado años.
Se trata de una vida jalonada de pequeños momentos sociales y, al mismo tiempo, donde no hay nada que hacer. Y es ese “dolce far niente” el que empareja este libro con nuestra época actual de parálisis por la epidemia, al igual que en el Decamerón, donde el marco o “cornice” que engarza las historias es también la necesidad de los jóvenes de ser entretenidos, de distraer su ociosidad, mediante el flirteo, la narración de historias o, en el caso de La montaña mágica, también las conversaciones banales en ocasiones y en otras sobre sesudos temas filosóficos. En este punto cabe mencionar los dos personajes que se disputan el papel de "cicerone" de Hans Castorp y que ha llevado a la crítica a calificar La montaña mágica de "novela de aprendizaje". Por un lado, Settembrini, prototipo de humanista, ateo; por otro lado, el intelectual Nafta, considerado por el narrador "Némesis" del italiano con quien sostiene encarnizadas discusiones teóricas que no conllevan ninguna consecuencia práctica. Y, en medio, Hans Castorp, como quien presencia un partido de tenis, observando las réplicas y contrarréplicas de los dos intelectuales.

     Y aún nos queda por tratar otro título interesante del autor alemán que guarda también relación con algunos temas de la época actual, Muerte en Venecia. Pero esto ya quedará para posterior ocasión.

     

Las propiedades de la sed, de Marianne Wiggins

 Lo que sigue son unas notas de lectura, a modo de resumen, de la novela Las propiedades de la sed, de Marianne Wiggins. Como tantos libros ...