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Si un libro tiene cabida en este blog es este por su celebración de lo cultural en todas sus manifestaciones. Por si esta razón no bastara, en tiempos del Brexit, el británico Orlando Figes hace una bonita defensa del deseo de unidad y camaradería que recorrió Europa a mediados del siglo XIX, antes de que la guerra entre Francia y Prusia de 1870 primero y, más tarde, la "Grand Guèrre", se llevaran por delante todos estos sueños de concordia. Además de su minucioso trabajo de historiador, Figes, innegable apasionado de la música y, más concretamente, de la ópera, ofrece esta apoteosis de la cultura europea decimonónica apoyándose en numerosos datos y haciendo un análisis certero de la sociedad de ese tiempo. Los europeos, ofrece un recorrido por los cambios que goza la sociedad del XIX (con el auge del ferrocarril y el tendido de miles de kilómetros buscando la interconexión entre las principales ciudades europeas, los avances en la producción industrial), no enfocado a subrayar los hechos históricos sino a celebrar el bienestar social que produjo la multitud de manifestaciones culturales que cambiaron a la sociedad europea del siglo XIX.
Cierto es que este bienestar no llegó a todos los estratos sociales por igual, quien disfrutó de todo este estallido cultural compartido en forma de literatura, música, pintura, teatro y museos fue la alta sociedad. Pero algunos fenómenos como el abaratamiento de los libros, el acceso a la educación de las clases medias y la elección de la música como ocio preferido y complemento a la formación de los hijos (un número creciente de pianos adornaban los salones de estas familias burguesas) y el boyante negocio editorial de la venta de partituras a particulares para la práctica personal o las clases particulares de música dan buena prueba de ello. La perspectiva de género es interesante en este aspecto. Las hijas de estas familias de clase media son las que mayoritariamente cultivan su gusto musical mediante la escucha y, sobre todo, la práctica para dominar un instrumento. En novelas como Pride and prejudice, de Jane Austen, encontramos la evidencia de que familias de no muy elevado nivel econónimo afrontaban la compra de un piano por la mezcla de ocio y oportunidad de formación musical que proporcionaba. Sin embargo, estamos a punto de hablar de ella, la protagonista de nuestro libro: Pauline Viardot, nacida Pauline García, fue un genio musical dotada del mayor virtuosismo que desde su infancia vio reconocido en la interpretación, pero sintió como le era vedado el terreno de la composición, que pertenecía en exclusiva a los hombres. No fue la única. De igual manera, Clara Schumann, intérprete consumada, ve lastradas sus incursiones en la composición a partir de juicios severos que procedían de personas cercanas, entre ellas, su marido. Ella los aceptó y renunció a componer.
La ciudad desde la que se dirige esta eclosión cultural es París y los personajes elegidos para contarnos la vida de esta alta sociedad europea son el triángulo amoroso formado por el intelectual Louis Viardot, la ya citada Pauline García (que tras su matrimonio asumiría el apellido Viardot) y el escritor ruso Iván Turguénev. Pauline, que es descrita por numerosos testimonios, como una belleza poco usual, tras rechazar a diferentes pretendientes, acepta a Louis (de mayor edad que ella), porque, como aconseja su amiga George Sand, reúne las condiciones idóneas de la figura masculina que necesita Pauline: es un trasunto de la figura paterna fallecida cuando Pauline tenía solo 11 años (Pauline debió superar también la muerte de hermana María Malibrán, cinco años después de la de su padre, y considerada una estrella emergente de la canción; en su debut Pauline gozó y a la vez sufrió el reto de demostrar que podía cantar a la altura de su hermana), es un intelectual, y un agente de artistas avezado y con contactos, capaz de conseguir los mejores contratos para su representada; es, por último, un hombre acomodado y con fortuna, y, presumiblemente, un correcto gestor del patrimonio que amasará Pauline a lo largo de su trayectoria artística.
Al principio del libro, se habla del auge de los compositores italianos en la ópera de París. A la altura de 1843 reinan Donizetti, Bellini y, sobre todo, Rossini. Unos años después (era algo más joven que ellos) Verdi arrasaría. Con gran profusión de datos (Orlando Figes aporta numerosos testimonios de la remuneración de los compositores por sus obras, de los cantantes de ópera por sus representaciones, la que reciben los editores y libreros por la impresión de libros, la de los pintores y su relación con representantes, mecenas y galeristas), asistimos al reinado de la ópera y la música clásica en París, al nacimiento de la fotografía y su evolución, las primeras exposiciones universales, la evolución de la pintura desde la escuela de Barbizon hasta el impresionismo al final de siglo. Son numerosos los hombres que se entrecruzan en el camino de nuestra protagonista. Un compositor tan celebrado en su época como denostado más tarde, Meyerbeer, sintió devoción por ella. Otros cayeron rendidos a sus pies, como el compositor Berlioz, quien tal vez no vio recompensados sus anhelos. Sabemos de la existencia de relaciones amorosas discretas con hombres tan relevantes como los compositores Gounod o Rietz. De los testimonios acerca de la reacción de su marido a este respecto pueden deducirse una actitud moderna por su discreción y modo de conducirse. Después de Louis Viardot, o tal vez a la par que él, el otro gran hombre con quien compartió la diva su corazón fue el escritor ruso Iván Turguénev, con quien mantuvo una relación amorosa de décadas, con sus idas y venidas y acercamientos y alejamientos. Los rumores los acompañaron durante todo ese tiempo y llegaron a sugerir que el escritor ruso era, en realidad, el padre de uno o más de los hijos de Pauline.
En lo cultural, el desfile de personalidades por casa de los Viardot no cesa. A las veladas organizadas por Madame Viardot acudían Dickens y Flaubert. También parejas como la formada por Georges Sand y su amor secreto Chopin; el matrimonio Robert y Clara Schumann. Los temas transversales a veces son de hondo alcance. A Rusia se le dirige una mirada de calado, donde se analiza su relación con Europa, un tira y afloja que va desde la admiración al conflicto. Y la evolución literaria en menos de cien años que llevará desde los inicios de Gogol o Pushkin, con Turguénev como intermediario, hasta la explosión de genios como Tolstoi y Dostoyevski. En cada una de las ciudades donde viven o trabajan de forma continuada los Viardot, presenciamos la vida cultural del momento como espectadores de lujo. Las giras de Mme. Viardot por Rusia nos permiten conocer de primera mano la fascinación de los rusos por la música italiana. Buscando a la par esplendor cultural y provecho económico, desde París se mudan los Viardot a Baden Baden y somos copartícipes de la Europa de los balnearios y la vida cultural alemana (imposible no recordar la lectura de Thomas Mann y su Montaña mágica, de la que hemos tratado en este blog). Todo este sueño de cosmopolitismo cultural, este clima de concordia que ilusiona en pensar en una clase social europea común, se tuerce en la guerra franco-prusiana que estalla en 1870. Los antiguos camaradas unidos por sus afinidades culturales se vuelven enemigos. Y los Viardot cambian Baden Baden por Londres. Louis Viardot es de origen francés y la familia ya no será aceptada por sus vecinos alemanes, ni siquiera al final de la guerra. Malvenden la casa alemana y vuelven a París. La culpa entre otros factores será del nacionalismo y tanto Pauline como Turguénev sufren al comprobar cómo el genio musical Wagner, portador de la "música del futuro" es capaz, a la vez de crear tanta belleza, de exacerbar los sentimientos nacionalistas alemanes con ideas antisemitas y antieuropeas.
En la última parte del libro, los Viardot encuentran otro lugar de disfrute cultural, en este caso, a las afueras de París, Bougival, paraíso elegido por los impresionistas, donde compran una nueva mansión en esta ocasión más modesta que las anteriores, y Turguénev se construye una dacha en el terreno circundante. Es el capítulo para los momentos luctuosos. Asistimos a la muerte de Flaubert (una de las personas más queridas por Turguénev), de Víctor Hugo. Y finalmente a la disolución de nuestro trío protagonista tras la muerte con unas pocas semanas de diferencia de Louis Viardot y de Turguénev. Desesperada por la muerte de los dos hombres de su vida, Pauline se arrojó por una ventana de su vivienda. Afortunadamente, fracasó en su intento de quitarse y la vida y aún sobreviviría a sus amados 17 años, en los que siguió siendo una personalidad de la música y de las artes en París: continuó con las veladas musicales y culturales a las que asistían la "crème de la créme" de la sociedad parisina, se erigió en valedora del testamento literario de Turguénev, entre sus alumnas, surgieron numerosas estrellas de la ópera. En diciembre de 1909, unos meses antes del fallecimiento de Madame Viardot encontramos una síntesis estupenda de la vida de esta en las siguientes palabras del compositor Camille Saint-Saëns:
"De cuántos cambios ha sido usted testigo en su vida: El ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo, las farolas de gas, el telegrama y la luz eléctrica... Los ha visto aparecer y ahora hay automóviles que se mueven solos, telégrafos que hablan y aviones... ¡Y cuántas transformaciones en el campo del arte! Cuando usted hizo su debut, Rossini, Bellini y demás se encontraban en el apogeo de su gloria; después, vio el brillante reinado de Meyerbeer, cómo -y de entre qué neblina- surgía el arte de Richard Wagner."
Hay entre este post y el
anterior una hilazón que está entre la casualidad y nuestras preferencias
culturales de ocio para estas más de 7 semanas ya de confinamiento
obligatorio. Nos referimos al dedicado a Pagagnini, de Ara Malikian
e Yllana, Sin duda ninguna, el maravilloso montaje de Pagagnini
tiene un referente de lujo en los espectáculos de "Les Luthiers",
desde sus inicios hace décadas.
En El
País, Álex Grijelmo, que escribe una colaboración en la edición dominical
donde, digno heredero de aquel "El dardo en la palabra", de Fernando
Lázaro Carreter, se ocupa de señalar algunas incorrecciones en el uso de la
lengua castellana y vela porque seamos mejores hablantes y tratemos con mimo a
nuestro idioma, el pasado domingo, día 26 de abril, dedicaba un artículo extenso a los geniales Les Luthiers y a su
trayectoria larguísima desde 1967 con la creación de numerosos espectáculos
artísticos donde combinan humor, música y fabricación de instrumentos entre
extravagantes y disparatados. Entre las
razones que le llevaron a elegir el tema está la muerte reciente de Marcos
Mundstock el pasado 22 de abril, por lo que los componentes del grupo están de
luto. Mientras pasa el duelo, Johann Sebastian Mastropiero espera que alguien
lo resucite para seguir llevando por el mundo esa conexión mágica con el
público que les ha acompañado desde décadas.
Este
espectáculo fue estrenado en 1999, y disfrutamos en él del quinteto canónico de
Les Luthiers, antes del fallecimiento de Daniel Rabinovich (en 2015) y del
mencionado Marcos Mundstock, hace apenas unas semanas. Precisamente estos dos
artistas hacen gala de una química entre ellos envidiable y podemos señalarnos
como nuestros favoritos. Ya desde la pieza inicial, "Lo que el Sheriff se
contó", parodia de las películas del Lejano Oeste al estilo
"luthiers" encarnan los papeles principales del sheriff Benson y
Rick, el forajido.
También
muy divertida es la "Loa al cuarto de baño", donde el grupo, como en
tantos de sus espectáculos, vuelve a sus orígenes interpretando una pieza
musical estrambótica con instrumentos fabricados a partir de una tapa de váter,
un bidé, una ducha y una caldera o termo de baño. Se rinde homenaje a esa sala
de la casa donde "se respira un aroma a cultura, porque se escribieron no
pocos libros y se leyeron muchísimos más".
Carlos
Núñez Cortés lleva la voz cantante en las distintas fases de la Serenata a
Cristina, de la tímida (o pusilánime) inicial, a la intimidatoria, pasando por
la astrológica.
Los ya
mencionados Rabinovich y Mundstock llevan las riendas del "sketch"
Radio Tertulia, donde se escucha "nuestra opinión y la
"tulia"", que incluye una entrevista desternillante al grupo
musical "London Inspection", traducido como "Londres en el
pecho", donde tras la presentación siguen unas preguntas cuyas respuestas
en inglés son traducidas un poco de aquella manera, si se tiene en cuenta que
ninguno de los presentadores de la "emisión radial" tiene el menor conocimiento de la lengua inglesa.
Los
momentos de mayor altura se alcanzan cuando los cinco músicos unen su talento.
Finaliza el espectáculo con el número coral antes del cual se lucen Jorge
Maronna y Carlos López Puccio con la pieza "Los jóvenes de hoy
en día (RIP al rap).”
Con el cierre de los teatro y los auditorios, el Ayuntamiento de Las Rozas, Ara Malikian e Yllana nos ofrecen la posibilidad de ver desde el salón de casa este espectáculo musical para toda la familia. Entre bromas y veras, el cuarteto de cuerda interpreta Fantasía sobre "Carmen" Op. 25, de Pablo Sarasate; Danza española del drama lírico "La vida breve", de Manuel de Falla; Minueto en Mi mayor Op. 13 nº 15 de Luigi Boccherini; Canon en Re Mayor T. 337, de Johann Pachelbel; Capricho nº 24 Op. 1 en La Menor de Nicola Paganini y otras piezas, todas retocadas, adaptadas para provocar la carcajada y para hacer las delicias de grandes y pequeños entre el público, y a fe que lo consiguen, si juzgamos por las reacciones de los espectadores a las que se acerca el realizador en diferentes momentos de la retransmisión. Música clásica con humor, asequible y muy disfrutona.
Antonio Vega ya es miembro de pleno derecho del "club de los malditos", que vivieron peligrosamente y se fueron antes de tiempo. Recordamos con cariño a grandes músicos como Tino Casal, Antonio Flores o Enrique Urquijo, grandes entre los grandes de la Nueva ola, la Movida madrileña, La Edad de oro y otras etiquetas que se han puesto al fenómeno por el cual el pop español alcanzó la mayoría de edad y se equiparó a su progenitor británico. Corría el año de 1978 cuando los primos Nacho García Vega, Antonio Vega, junto a Ñete y Carlos Brooking formaron Nacha Pop, más como un divertimento adolescente que como proyecto musical serio. Una de sus primeras canciones fue La chica de ayer, considerada hoy como el mejor tema del pop español y que podemos escuchar en el siguiente vídeo que recoge la primera actuación del grupo en televisión.
El camino irregular de 1980 a 1988 culminó con la separación del grupo por la diferencia entre Nacho (eléctrico y hedonista) y Antonio (quien postulaba un rumbo intimista, desnudo y poético). En esta etapa, Antonio nos regaló canciones inolvidables como Se dejaba llorar y El sitio de mi recreo.
Recientemente, al calor de la moda del revival Nacho García Vega y Antonio Vega resucitaron a Nacha Pop en algunas actuaciones y buenas palabras que no cristalizaron en nada sustancial. Recordamos su actuación hace algunas semanas en TVE, en el programa Los mejores años de nuestra vida. El deterioro de Antonio era ya escalofriante y el desenlace fatal inminente. Se ha ido un gran músico, capaz de proporcionar felicidad a cientos de miles de personas que una vez fuimos adolescentes, una gran estrella y, a la vez, un tímido enfermizo que no tuvo piedad de sí mismo.
¿Conocéis al grupo inglés Coldplay? El título de su última canción resume acertadamente mi sentimiento ante el momento vital que atravieso. Se lo quiero dedicar a mis compañeros y alumnos del Marimoli, de los que he recibido numerosas muestras de cariño estos días.
Y ahora ponemos a vuestra disposición la letra en inglés y la traducción en castellano (Gracias por su ayuda a Aleloja): Viva la vida, Coldplay (English) I used to rule the world Seas would rise when I gave the word Now in the morning I sleep alone Sweep the streets I used to own I used to roll the dice Feel the fear in my enemy's eyes Listen as the crowd would sing: "Now the old king is dead! Long live the king!" One minute I held the key Next the walls were closed on me And I discovered that my castles stand Upon pillars of salt and pillars of sand I hear Jerusalem bells a ringing Roman Cavalry choirs are singing Be my mirror, my sword and shield My missionaries in a foreign field For some reason I can't explain Once you go there was never Never an honest word And that was when I ruled the world It was the wicked and wild wind Blew down the doors to let me in. Shattered windows and the sound of drums People couldn't believe what I'd become Revolutionaries wait For my head on a silver plate Just a puppet on a lonely string Oh who would ever want to be king? I hear Jerusalem bells a ringing Roman Cavalry choirs are singing Be my mirror, my sword and shield My missionaries in a foreign field For some reason I can't explain I know Saint Peter won't call my name Never an honest word But that was when I ruled the world I hear Jerusalem bells a ringing Roman Cavalry choirs are singing Be my mirror, my sword and shield My missionaries in a foreign field For some reason I can't explain I know Saint Peter won't call my name Never an honest word But that was when I ruled the world
Viva la vida, Cold Play (español) Solía gobernar el mundo. Los mares crecían a una orden mía. Ahora duermo solo por la mañana. Barro las calles que solía poseer. Solía tirar los dados, sentir el miedo en los ojos de mis enemigos, escuchar cómo la multitud cantaba “¡Ahora el viejo rey está muerto! ¡Larga vida al rey!” Durante un minuto tuve la llave, y al siguiente los muros se cerraron ante mí. Y descubrí que mis castillos se levantaban sobre pilares de sal y de arena. Oigo las campanas de Jerusalén sonando, los coros de la caballería romana cantando. Sé mi espejo, mi espada y mi escudo, mis misioneros en un campo extranjero. Por alguna razón que no puedo explicar, una vez ido no volvió a haber nunca una palabra honesta y eso fue cuando yo gobernaba el mundo. Fue el malvado y salvaje viento quien derribó las puertas para dejarme entrar. Ventanas rotas y sonido de tambores. La gente no podía creer en lo que me había convertido. Los revolucionarios esperan mi cabeza en bandeja de plata. Sólo una marioneta sujeta por un único hilo. ¿Quién hubiera querido ser el Rey alguna vez? Oigo las campanas de Jerusalén sonando, los coros de la caballería romana cantando. Sé mi espejo, mi espada y mi escudo, mis misioneros en un campo extranjero. Por alguna razón que no puedo explicar, una vez ido no volvió a haber nunca una palabra honesta y eso fue cuando yo gobernaba el mundo. Oigo las campanas de Jerusalén sonando, los coros de la caballería romana cantando. Sé mi espejo, mi espada y mi escudo, mis misioneros en un campo extranjero. Por alguna razón que no puedo explicar, sé que San Pedro no me llamará. Nunca una palabra honesta. Pero eso fue cuando yo gobernaba el mundo.