Javier Cercas ha acaparado el interés general de crítica y lectores con su último libro: Anatomía de un instante, en el que disecciona el golpe de estado del 23-F, convirtiéndolo en un poliedro y analizando pormenorizadamente cada una de sus caras, tomadas de forma independiente unas de otras, para converger finalmente en el balance o contraste de todos los análisis. Este híbrido de novela y ensayo, según confiesa él mismo, tiene la virtud de ser claro y directo y lo que proporciona tanto al lector iniciado en el tema como al lego es, fundamentalmente, información. Cercas se propone afrontar de forma definitiva el mayor ataque que la democracia española ha sufrido en sus poco más de tres décadas de existencia. No lo hace con autocomplacencia: reprocha a la sociedad española su tibieza con los golpistas, que llevó a los españoles a encerrarse en sus hogares a ver qué pasaba, en lugar de salir a las calles en defensa del orden constitucional. También hay reproches al Rey, a quien culpa de alentar el golpe con sus manifestaciones públicas de desapego al gobierno de Suárez y sus insinuaciones de que debían producirse cambios de cualquier manera, porque la España que Suárez regía estaba abocada al caos. Cabe la crítica contra los líderes políticos de la época: Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Fraga, los compañeros de partido de Suárez, enzarzados en pugnas cainitas motivadas por la ambición. También contra los empresarios más importantes, presentes en los grupos de poder, contra los militares que se arrogaron una representatividad que no tenían y se consideraban los idóneos para reconducir la situación. No se escatiman críticas a Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, pero resultan los personajes más engrandecidos del relato, en palabras de Cercas: "los dos únicos políticos que demostraron estar dispuestos a jugarse el tipo por la democracia", conclusión extraída por el escritor del hecho de que fueran los únicos del hemiciclo que resistieron en sus escaños mientras "a su alrededor zumbaban las balas". En este pasaje, Cercas no se resiste a fabular y el relato paralelo que construye de estos dos hombres, presentados como verdaderos héroes de la Transición, tiene no poco de imaginación en la misma medida, justo es reconocerlo, que de realidad.
En cuanto al estilo, el autor es poco amigo de veleidades literarias, tal se mostraba en su opera prima, Soldados de Salamina (obra sobria donde las haya desde el punto de vista estilístico, como bien se percibe si se la compara con los muy retóricos cuentos de Alberto Méndez, recogidos bajo el título de Los girasoles ciegos. Ambas obras nos han venido a la cabeza, porque las dos se ocupan del periodo histórico de la Guerra Civil).
En fin, se trata de una obra muy recomendada para los interesados en este momento crítico de la España de los 80 y, por su tono peridístico, para los amantes de la prensa que no encuentran asuntos de su interés por el bajón informativo (y de calidad de redacción) que se produce en los diarios en los meses de verano.

Hace dos años presencié Madame Butterfly en el Teatro Real, dirigida por Plácido Domingo. La puesta en escena proponía reducir las dimensiones gigantescas del proscenio a una "caja china" reducida y de hermosa presencia. Recuerdo esperar con impaciencia a que se abriera el plazo para comprar las entradas por internet. Recuerdo también la decepción al ocupar mi butaca de la zona llamada "Paraíso" y comprobar que sólo alcanzaba a ver la parte superior de las cabezas de los intérpretes, tan mala era la perspectiva desde mi asiento. En fin, para la presente ocasión, escarmentado por la imposibilidad de conseguir buenas localidades, decidí acudir a una sala de cine en lugar del teatro, dentro de la iniciativa Ópera en cine digital que ha puesto en marcha el Teatro Real de Madrid.
Aunque los puristas se echarán las manos a la cabeza por tales usos, impropios del buen aficionado a la ópera, voy a comentar mi experiencia:
Me hallaba de vacaciones, lejos de casa, por lo que elegí la sala más cercana: los cines Málaga Nostrum; buena aceptación: más de la mitad del aforo. Hay que contar con que el personal de la sala no está familiarizado con este tipo de espectáculos. Empezó la ópera sin subtítulos y vimos a una espectadora salir de la sala para advertirlo al personal responsable. No sabemos la razón, pero hasta pasados 45 minutos, después de varios intentos que se reflejaban desagradablemente en la pantalla, no aparecieron los subtítulos en castellano. A partir de ahí todo fue bien: el sonido era estupendo, el reparto, como requiere esta ópera, tan actores como cantantes. Fue especialmente apreciado por el público el aria Dove sono i bei momenti, de Barbara Frittoli, uno de los momentos más deliciosos de esta ópera; también gustó la Susanna que compone Isabel Rey, muy querida en el Teatro Real; personalmente nos gustó menos el Conde (excesivamente hierático en su interpretación, justo lo contrario que el criado Fígaro). Y debemos mencionar a Cherubino, quien no en vano ha sido señalado como el personaje clave de esta obra, el motor de todos los enredos, encarnación del deseo por su ambigüedad (adolescente entre niño y hombre; por otro lado, personaje masculino sobre el papel para ser interpretado por una mujer con tesitura de mezzosoprano), criatura endiablada, encargado de seducirlos a todos, hombres y mujeres por igual. Marina Comparato en su primera actuación en el Real supo ganarse el favor del público.
En cuanto a la dirección de Jesús López Cobos, una institución en el Real y una garantía, bien como siempre. La puesta en escena de Emilio Sagi, en sus palabras "realista", yo diría "demodée", antigua. Y aquí se abre el debate que afecta al tipo de realización televisiva más adecuada a este tipo de espectáculos. La que presenciamos en la sala de cine se situaba en la estela de las grandes producciones operísticas para televisión (téngase en mente, verbigracia, las de la BBC), lo que unido a una escenografía conservadora, pareció llevarnos 30 años atrás en el tiempo. Recuerda también a los Estudio 1 de TVE de hace más tiempo, que llevaban a los hogares espectáculos de teatro de gran calidad con una realización característica.
Mi opinión al respecto es que los espectadores que acudimos a las 78 salas de cine que ofrecían la ópera queríamos sentirnos como en el Teatro Real, que es donde efectivamente habríamos querido estar. La realización, pensamos, debe proporcionar al espectador la "ilusión" de que está en el teatro presenciado la ópera en directo: por tanto, nada de primeros planos, nada de zoom, que "convierte" al intérprete en un gigante de varios metros de altura a ojos del espectador, nada de planos con detalle desviando la atención al decorado o diferentes elementos del atrezzo. Simplemente un plano medio sostenido toda la representación, el punto de vista que tiene, desde su butaca, el espectador que ha podido conseguir la mejor ubicación de la sala, alejándose de florituras televisivas y/o cinematográficas. Quizá sea mucho decir, pero para la ópera y el teatro, no nos fiamos de las engañifas de la tele y el cine, preferimos la autenticidad de la sala y del actor "que se quema los pies".
Hemos encontrado en Youtube algunos de los momentos clave de la ópera:
Obertura

Aria Dove sono i bei momenti


En este blog amigo del teatro nunca nos habíamos ocupado de una de las principales revistas de teatro españolas: Primer acto: cuadernos de investigación teatral. José Monleón (Premio Nacional de Teatro en 2004, puede leerse una breve semblanza suya en el siguiente artículo), la dirige desde sus inicios en el año 57 y, lejos de pensar en la jubilación, sigue en la brecha, dramaturgo, teórico teatral y crítico incansable, dedica en el último número un especial al teatro de Pier Paolo Pasolini, con aportaciones de especialistas: Vicente León, que ha llevado a escena Fabulación; Javier Huerta Calvo, quien disecciona la obra más conocida de Pasolini, Calderón y la pone en relación con nuestros clásicos áureos; Carla Matteini, encargada de traducir al castellano en 1980 el texto de Calderón y de revisar la traducción que se ofrece en el número 328 de la revista. Asimismo, se comenta la puesta en escena de Ainhoa Amestoy de Calderón este mismo año en el Centro Cultural Moncloa de Madrid, la noche de Max Estrella (invento maravilloso de Ignacio Amestoy, evento del que ya nos hemos hecho eco aquí con anterioridad), se conmemoran los 30 años de teatro del grupo La Zaranda, se recuerda a Ricardo Salvat, fallecido recientemente (ha venido a nuestra mente su lucidez y su sabiduría teatral que puso a nuestra disposición en Festival de Teatro de Almería del año 2008).

Agradecemos a Lola de José Jiménez nuestro reencuentro con la revista Primer acto, una revista imprescindible para el aficionado al teatro.

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