Del 2 al 8 de octubre en el Círculo de Bellas Artes, la compañía
Teatro del Común ha representado Las galas del difunto, el primer esperpento de los que componen la trilogía Martes de Carnaval de Valle-Inclán en una estupenda revisión que aporta, como novedad significativa, la corporeización en escena de las acotaciones que toman forma en tres personajes: un gato, una mujer soldado y un oficial. La directora Celia León ralentiza la acción (a veces incluso la detiene, literalmente, al quedarse los personajes inmóviles mientras declama la acotación) con este recurso, pero, por otro lado, la prosa exquisita de Valle-Inclán cobra vida con ello y la representación gana en su dimensión plástica y estética. Cabe destacar la interpretación de un Juanito Ventolera (Francis Sánchez), físicamente exultante, que llena el escenario con su presencia, además de doña Terita (Ana V. Souto), la boticaria, excesiva como requiere su personaje y al borde del colapso. Por otra parte, merece la pena resaltar el trabajo de iluminación de Marino Zabaleta, que sabe sacarle partido a una escenografía que, sin ser minimalista, acaba resultando, por momentos, pobre.
Como es sabido, Las galas del difunto, parodia del Don Juan Tenorio de Zorrilla, presenta a Juanito Ventolera como un soldado recién llegado de Cuba que se aloja en casa del boticario y requiere los servicios de una prostituta (trasunto de doña Inés), quien tiempo atrás había sido repudiada por su padre, casualmente el boticario, tras haberse quedado embarazada y haber manchado de este modo el buen nombre de la familia. Muere el boticario y Juanito trama el macabro plan de internarse en el cementerio, profanar la tumba de su patrón e intercambiar su uniforme andrajoso con el traje impecable del muerto, todo para acudir a la cita que ha concertado con la prostituta e impresionarla. En el burdel, la coima o la daifa como se la llama, tiene noticia de la muerte de su progenitor y cae, desmayada, en los brazos del cínico Ventolera-Tenorio. Cae el telón. No hay redención posible para los personajes, como en la obra de Zorrilla; en este caso, todos están condenados a una existencia miserable, arrastrada y vil.
El teatro de Valle-Inclán, combativo e inconformista, no fue comprendido ni premiado con el favor del público en su tiempo. Sin embargo, ha sido probablemente el dramaturgo español del siglo XX más representado, junto con García Lorca. El mensaje pacifista (contra los ejércitos y las guerras inútiles, como la de Cuba en el 98) y antisistema continúa vigente en nuestra sociedad: a saber, la idea de que los poderosos manejan a los hombres y mujeres de pie buscando su beneficio y no el bien común, así como que la guerra y los ejércitos generan marginalidad: pobreza, prostitución, maldad en una palabra. ¿Alguien duda de la actualidad de Valle-Inclán y de la calidad del montaje que ofrecen Teatro del común? El día que asistimos a la representación el teatro estaba repleto de estudiantes de bachillerato que mantuvieron un silencio más que respetuoso, casi reverencial, que se transformó en ovación cerrada al finalizar el esperpento. Los actores hubieron de salir a saludar hasta en siete ocasiones, más de cinco minutos de aplauso.

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